PRIMERA PARTE
CAPITULO I
La miró. Sintió una sensación extraña; quiso cerrar los ojos para imaginarla en su mente, pero
el brillo de su mirada lo ensimismó en un mundo vacío, carente de palabras y figuras mentales.
–Me llamo Leonardo –dijo él, ofreciéndole la mano sin dejar de mirarla ni un solo
instante.
–¡Mucho gusto! –contestó ella mientras sentía que la mano de Leonardo sudaba en la
suya– mi nombre es Paola.
El sol brillaba con un resplandor vivaz aquella mañana. Por el patio los alumnos
desperdigados deambulaban en grupos, deteniéndose a platicar debajo de los escasos árboles
que lo cercaban. Se oía música tecno. Leonardo miraba todas esas escenas con aburrimiento,
parado frente al salón de tercer año. Todo parecía una caricatura móvil.
–Es raro que no nos hayamos visto antes –dijo Leonardo metiéndose las manos en los
bolsillos del pantalón– una chica bonita como tú nunca pasa desapercibida.
Felipe sonrío, miró a su hermana que abrazaba a Paola, camino detrás de Leonardo y volvió
a reír, esta vez sin poder contenerse.
–Es nueva –dijo Felipe como para disculparse.
–Recién llevo una semana –replicó ella– por eso no nos hemos visto antes.
Tenía la mirada impregnada en él. De sus ojos un hechizo solitario salió volando y se detuvo
para hipnotizarlo frente al aliento de su voz. El sol empezaba a secar sus labios, y entonces sus
palabras sonaron secas, sin eco:
–Me gusta tu mirada –sus labios retomaron una humedad hidratante– en Chiclayo jamás
encontré una mirada como la tuya.
–No me digas eso, que me va dar “chucaque”.
–¡Mentiroso! –dijo ella– eres un embustero.
Leonardo bajó la mirada. Se sentía como un conejo experimental, una especie de bicho
mefistofélico. Junto a ella, los razonamientos chocaban como piedras contra el cristal. Desde que
la vio aquella mañana en la casa de Felipe, conversando con Cristina sus visiones se habían
desviado en una sola dirección: el amor, el amor que andaba buscando.