El puerto de mi abrigo

El mar se fue llevando mis tristezas al compás de la tarde,
mientras por la orilla la arena se desvestía de su letargo.
El fulgor de tu presencia había desatado mis ilusiones,
y las veía extender sus alas en forma de gaviotas en el cielo. 

Esa libertad de mirarme en el reflejo del agua,
en la profundidad de tu mirada lozana.
Esa premura de un beso tuyo que me llene de energía,
que me haga amerizar en la luna de tus labios,
sucumbir en el satélite de tu mirada traviesa. 

Un puerto con un muelle separado en dos partes,
una ola que se extiende hacia la izquierda.
Tú con tu coqueto rubor debajo de una gorra,
yo mirando a través de una cámara, una luz,
una ternura que me hace suspirar sin miedo. 

Ahí el amor me abrazaba, me miraba desde el malecón,
me perseguía para que te dijera algo real, directo.
En un susurro te dije que eras hermosa,
me sentía enamorado y frágil como un escolar,
tenue como una caricia que se perdía en el mar. 

Quizás esto sea un viaje con escalas alrededor del tiempo,
un minuto grabado en un beso apurado,
o solo un segundo en la historia de un loco amor.
Quizás ahora viajar sea un pretexto para amar,
para sentir que en los confines de la memoria
aún vive una ilusión que espera pronunciar tu nombre.